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sábado, 5 de agosto de 2017

 Cáncer: no te conocí porque quise, pero tenía que hacerlo. Nuestro encuentro no fue una casualidad, una mala fortuna, o puede que sí, en una ínfima cuota. Lo cierto es que tenías que plantarte en  mi cuerpo, esparcirte y creerte dueño de mi organismo: tuviste que descontrolar mis células, deshacerme el ánimo, obligar a los médicos a que me llenen de drogas, a ser transfundida, a cansarme, a hacerme llorar. Ese es tu trabajo, pero no tu función principal. Y nadie lo sabe bien, porque nunca te palparon en sus órganos, nunca entendieron tu potencial. Yo te entiendo hace rato, te aborrezco gran parte de mis días, le huyo a la idea de que prevalezcas, intento pulverizar los mitos que dejas luego de lograr matar a alguien que nunca te quiso.
 Sos un veneno, llegaste para invadir, para conquistar, para destrozar. No puedo discutirle a tu naturaleza, ni empecinarme con ella, ¿pero será mucho pedir si te exijo que nunca vuelvas? ¿Sirve de algo decirte que lo lograste? Ya me enseñaste. Sé, después de siete meses de estudiarte, leerte, sentirte, oír cómo te extinguís, para qué llegaste a mi cuerpo, y no es, como piensan todos, para sepultarme en la tragedia, sino para transparentar una mirada que se empobreció y angustió. No sos un amigo, no sos un apoyo, sos un maestro cruel, que sigue su propio propósito. 
 Sí, me sentí tan vulnerable, porque te empecinaste con conseguir eso, pero después se mostró tu faceta más nutritiva: coseché las enseñanzas que, crudamente, me viniste a inculcar. Ahora sé un poco de mi verdad, la cual me ilumina en cada minuto en el que respiro. No elijo ignorar el óxido que queda, mi ADN aniquilado, mi piel sensibilizada, el poco pelo que puedo tener, sin embargo, sé lo que pesa más. Yo elijo lo que trasciende de vos en mí: la amplificación intensa y absoluta de la realidad, la consciencia elevada, la fortaleza entrenada, la consideración como primera condición.

 Tuve que conocerte, sí, para entenderlo. No me sirvió oír de noticias, ni ver películas, ni escuchar anécdotas milagrosas, sólo tuve que conocerte con tu artillería pesada, tus agujas, tus drogas, los miedos que sabés infundir, la preocupación inagotable. Ahora el mundo te odia, y yo, puede que esté familiarizada con esa sensación de furia que nos generás a todos, pero siempre te agradezco: serás siempre un maestro. Y esa función, más que cualquier otra destructiva, es la que te caracteriza. 

jueves, 9 de marzo de 2017

 Querido cáncer:
Hoy lloré por tu culpa la mayoría del día. Desde que me levanté supe que sería de esos momentos exageradamente extendidos en los que te pensaría enfatizando todos mis miedos. Claro que no quiero que sepas sobre ellos, que captes mis debilidades, porque entiendo que te estaría abriendo una puerta para darte la fuerza suficiente como para seguir propagándote indiscriminadamente por todo  mi organismo. Habrá sido la cuarta sesión de quimio, que infunde miedo, así como el hospital mismo, que me recuerdan mi peor trauma: ese mes de internación en el que atravesé tantos momentos, tantas angustias, tantos episodios que preferiría suprimir, que el simple hecho de pisarlo aviva los residuos dolorosos que quedaron de ese mes tan difícil. No es sólo eso, sino que el sanatorio me recuerda mi enfermedad, la trasluce y la grita en voz muy alta, dando cuenta de lo intensa que es, los conflictos que abarca, y aún peor, los miedos que solidifica.
Cuando intento ocultarte la oscuridad en la que se vierte mi cabeza, me advierto constantemente que no te puedo dar el gusto de sentirme débil. Lo paradójico es que, al mismo tiempo, lloro ilimitadamente porque no quiero reservarme ninguna angustia…puede que ésta sea tu mejor alimento, por eso es que trato de que no llegues a palparla, que salga hacia todas las direcciones posibles, pero siempre hacia el exterior. No te mereces mi padecimiento, aunque gran porcentaje de éste lo logres vos y todo lo que abarcás: la incertidumbre, la ansiedad, las preguntas recurrentes (que se tornan demasiado existenciales), las limitaciones, las drogas de mierda, la calvicie, el mismísimo miedo a la muerte. Sos un adversario completo, que combina las peores sensaciones que un ser humano puede experimentar y las condensa en pensamientos muy gritones. Y lo más terrible sobre vos, es ese veneno que generás, esa maldita fama que te hiciste, que te realza por ser el rey de los matones, el que mejor sabe oxidar a los humanos. Tu nombre no quiere ser pronunciado por nadie, pero yo nunca tuve miedo de mencionarte, jamás.
 Yo te enfrento, aún viviendo días como estos, pasando todas las horas disponibles en mi cama, intentando alejar los pensamientos recurrentes. Hoy te grité que te ibas a ir, entre lágrimas, sí, pero con la convicción de que soy más que vos, que tengo más fuerza, una mente mucho más consistente, que logró soportar mucho sufrimiento que me generaste a lo largo de estos meses, pero que nunca llegó a tocar ningún fondo, ningún pozo negro. Jamás perdí la seguridad de que soy mejor que vos en todos los aspectos posibles; ¿sabés por qué? Porque yo misma te engendré, te dejé libre acceso para que hicieras de mi sistema lo que se te antojara y te instalaras en todos los lugares posibles, y ese poder tan mental, espiritual y energético que tuve para dejarte ser, es proporcional a mi capacidad para extinguirte. No dudes sobre esto, porque sólo sos producto de mi debilidad, la cual, irónicamente, gracias a vos, se disminuye con respecto a mi fortaleza.
 Tenés dos caras: una incluye toda la mierda que me hacés vivir a mí y a la gente que me quiere, otra, es la del aprendizaje. Me dejas tan en el borde, que ya sé qué priorizar, a quiénes amo y cuánto agradezco cada momento de mi vida. Ya que estamos, te agradezco la sabiduría, ya que vale mucho más que los terrores: me diste el mejor pantallazo de mi realidad, el cual me hizo saber cuánto vale la pena seguir.
 Hoy te lloré, como muchos otros días, pero no te confíes: la efectividad con la que quiero vivir (por lo tanto, de destruirte) te va a consumir más que la quimio. Forro.


sábado, 24 de septiembre de 2016

 Lo más normal es que duerma la siesta antes de ir y que, sobre la hora, me prepare breve y desprolijamente para salir. Son pocas cuadras: doblo a la izquierda y el resto del tramo son cuatro cuadras por la misma avenida.  Depende mis ganas, depende mi humor, me prendo un cigarrillo casi al mismo tiempo en el que entro al túnel, lo fumo despacio, acompañando el caminar con la misma constancia. Llega el momento en el que me encuentro en el estacionamiento de ambulancias, y es ahí donde me termino el cigarrillo y entro sin muchos pensamientos para no sugestionarme, porque lo que podría ser de cada martes, jueves y, ocasionalmente, domingo, es algo que no es funcional a mi humor, o quizá sí en una medida muy imperceptible.
 La entrada pasa desapercibida y, lo que le sigue, es un pasillo al aire libre que te conecta con una de las zonas del hospital. Al entrar es claro que la atmósfera es propia de un depósito de enfermos: la calefacción muy alta, el olor a gazas, a enfermedades, a debilidad, a café de máquina. A continuación hay un pasillo que, si el día es muy denso, puede ser el más largo del mundo. Paso por la capilla, por el buffet paradójicamente infestado de palomas, por todas las divisiones de internación que hay en ese piso, hasta llegar a la que le corresponde a mi abuela.
 Últimamente llego unos minutos más tarde. Me gusta retrasarme porque, para ese momento, el hombre de la merienda ya está descargando los respectivos tés, vitaminas y galletitas en los boxs. El rostro de la abuela es el primero con el que te topas cuando entras…a veces dormida, a veces mirando a la nada. Si ya estaba despierta, se le va a transformar la cara por un micro-segundo, haciendo notar que sos la única persona interesante que estuvo ahí en todo el día.
 La parte más importante de una merienda del hospital en la división de internadas en traumatología  son las vitaminas: una bebida blanca con olor dulce, de dudoso sabor pero bastante digerible por lo que me hace ver mi abu. Después hay que esperar a que llegue el señor merendero con el mate cocido con leche, con sus respectivos sobrecitos de azúcar y la galletita random que te pueda tocar.
 La merienda es un lindo ritual para el ser humano, o yo, personalmente, la amo: las infusiones, la libertad de comer cosas dulces o saladas, cortar con el hambre voraz que me surgió ni bien terminé de almorzar. Para la abuela puede ser un buen momento, pero a los dos segundos, ese trago de mate cocido que tanto disfrutaba se vuelve la bebida más tóxica que saboreó en su vida. Se cansa de succionar el sorbete para tomar,  se aburre de mover la mandíbula para masticar, y justo en ese momento, empiezan los suspiros. Por cada intento para que trague, un suspiro y, por cada pedacito de galletita que se acerca a su boca, una mirada turbulenta.
 El periodo en el que florece su furia es inmediato: no te lo ves venir, pensabas que estaba disfrutando su comida, pero ella te va a hacer notar que nada es disfrutable en ese lugar, con las manos atadas a una cama,  donde te podes cruzar con cucarachas bebés caminando por el piso, donde se siente la putrefacción del olor a meo de la viejita de la cama de al lado. En esas condiciones, en las cuales los médicos parecen no tomar cartas en el asunto, en las que se incluyen bacterias sorpresivas que extienden la estadía en el Pirovano, en las que hay una aguja de suero fastidiándola, haciendo juego con los históricos dolores de piernas…necesariamente, en esas condiciones, no se puede pretender felicidad. Percibo su estado de miseria y vejez con mi alma disolviéndose, mientras sus ojos miran hacia la puerta, como esperando a  cruzarla, como esperando olvidarla, como queriendo que lleguen todos a visitarla y hagan de su tiempo ahí algo más ameno. Quiere llorar: me doy cuenta porque sus ojos se cristalizan, pero nunca llega a caérsele una lágrima. Sólo contiene algo que su estado mental hace que, por momentos, ni siquiera sepa qué es lo que justifica esos ojos angustiados.  
 Rechaza un trago, un bocado, indiferentemente de lo que sea, va acompañado de un suspiro, un revoleo de ojos como recorriendo toda la esclerótica. Si tengo suerte, es sólo eso, sino, será algún comentario en el que insiste con que no quiere, usando un énfasis que usaría alguien que cree que lo viene repitiendo hace horas y que no es escuchado. A partir de esto, hay muchas posturas mías asociadas al ánimo, a cómo estuvo el día, al cansancio o al dolor, pero casi siempre la situación termina conmigo cortándole otro pedazo de galletita porque le repregunté si estaba segura que no quería comer más. Desiste, su ira se achica, se frunce, amenaza con estar alerta, pero reposa. Puede volver o no, pero las sensaciones del rostro son siempre las mismas.

 Hace mucho que mi abuela no estira las comisuras de los labios creando una risa prolongada. No sé si existen momentos realmente simpáticos o divertidos en su vida. Siempre me fuerzo a creer que la compañía es perceptible, aunque viva confundida, aunque se olvide a los dos minutos de todo lo que pasó. Uno se afianza mucho a la idea de que el amor es tan trasparente como las intenciones de quien apoya al otro, y que, consecuentemente, va a cambiar algo. Yo no podría decir que podría modificar el sinfín de aspectos mediocres, insulsos y dolorosos con los que te abraza el hospital al momento en el que te acostas en la camilla. Sólo es una retribución, una forma de agradecer.     

miércoles, 27 de enero de 2016

Tiempo agotado, de esos que dijeron que jamás se hundirían, ni por ataques ajenos, menos por asuntos internos. Tiempos que han sido una buena distracción, funcional a la hora de despojarnos de la verdadera responsabilidad de vivir, de sentir el cariño y no la disconformidad, de aprender de un golpe en vez de odiarlo hasta quedarnos somnolientos. Tiempos con uso desechable y una determinante fecha de caducidad, que nos regocijaron, nos acomodaron en un pedestal, aumentando nuestro nivel de individualismo. Tiempos que creíamos conocer mejor porque pensamos, efectivamente, que éramos nosotros mismos en “aquellas épocas”, dándole un lugar de pertenencia al pasado tan especial y tan sublime, que nos revuelve en esa fosa séptica que se convierte la añoranza después de conservarla por tantos días. Tiempos tan cálidos que cuesta creer que existieron si nos arrojamos al borde del abismo que es el día a día, el pensamiento profundo, ese que no conoce nadie. Tiempos redundantes, convirtiéndo nuestras vidas en mecánica de rutina, inercia y monotonía. Tiempos que creíamos que eran milagrosos, como si alguien nos lo hubiera regalado. Tiempos de tanto descontrol, sano e insano, divertido y perturbador, legítimo e ilegal.
 La vida es un constante “tiempo”, todos usamos inevitablemente esa palabra. Lo cierto es que el tiempo real, el que lo vale de forma significativa, es el que pasó por nuestras mentes, confeccionado por nuestras más subjetivas creencias y decisiones. Mientras el descontrol, el milagro, el hundimiento sucedían, podían pasar muchas cosas, podíamos ser diferentes adjetivos para diferentes personas. Todos fuimos apuntados con un dedo, fuimos tan abandonados como un objeto de uso poco efectivo, disfuncional. Todos hemos sido, pero nuestros tiempos…los internos, varían más allá del contexto que nos proporcionan las circunstancias y la gente.
 Va haber un momento en el que vamos a ver a los tiempos como algo impropio, de poca pertenencia, porque comienzan a ser relatados en tiempo pretérito. Eso suele asustarnos, así como aliviarnos y, tras esas sensaciones, nos hacemos creer que lo que decidimos es correcto. Pero va a llegar un día en el que todas nuestras verdades se desconfiguren, y todas esas épocas serán certeras, indiscutibles de alguna manera.
 Todavía no aprendí mi lección. Uno tiene que encontrar la versión del panorama que es amplia, limpia y auténtica. Nos borramos muchos detalles sobre la marcha de las cosas, pero sé cuánto vale todo lo que percibo, porque de alguna manera u otra, es lo que he decidido ser frente a un montón de circunstancias y presentimientos de mierda, que no llevan a nada (a veces). Sin embargo y retomándo, falta mucho para saber contundentemente ese panorama tan grande. Pero eso no debería asustarme, porque mi tiempo es el que vale, la inversión que almaceno en él por más errónea que resulte finalmente.

 Nosotros somos nuestra mejor fuente para entender la realidad, sin importar lo poco minucioso que sea todo. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Última oportunidad para convencerme de que escribir es lo que va conmigo aunque pierda el sentido de las palabras, aunque las deje caer, rompa los hilos conectores entre tantas ideas, aunque permita que exista el “a medias” hace tantos meses.  Éstas deberían ser las palabras claves para auto-convencerme de que no perdí las ganas y que la explicación que se mantiene en las profundidades de mi psiquis se tratan de un cortocircuito temporal, un apague que no pude dejar pasar, o, más bien, que dejé que pasara y me dí cuenta en el momento en el que, justamente, ya era demasiado tarde.
 Pero en este intento de argumentación no cuentan sólo la falta de inspiración: extraño mucho verme reflejada en este lugar, en mi único refugio concreto, mi único diván analítico, de las pocas zonas de confort que quedan incondicionalmente, aunque el mundo se pare, se destruya, se caiga o se oscurezca. Sí, extraño eso, pero, al mismo tiempo, extraño ser yo en su totalidad: reconocerme como la persona que siempre disfrutó tomarse un tren cercano, bajarse en cualquier estación y sacar fotos de cualquier cosa que le llamara la atención. La que no persuadía el insomnio, sino que contaba con él para abrirle la puerta a toda la creatividad que explotaba después de un día aburrido o largo. La que tenía a sus amigas en un pedestal porque sabía que eran lo más infalible para los dolores y para la erupción de risas, las que saldrían un domingo a la tarde, una noche de feriado, las que disfrutarían ir a la plaza a fumarse un porro tanto como yo. La que sentía que su viejo seguía estando todos los días, siempre, aunque las peleas fueran inevitables y tan difíciles de frenar. La que todavía le tenía fe a algunos componentes de su mente y sus capacidades. Esa misma que se daba el gusto de ignorar su seguridad arraigada a su género y las condiciones que se auto-impuso siempre, y encontraba placer en verse al espejo y sentirse linda (de vez en cuando, por lo menos). La que, desde que supo que podía inventar poemas, armó estrofas, un conjunto infinito de versos relacionados a todo lo que se le ocurriera. La que amaba y odiaba  el amor cuando escribía. Esa que siempre se permitió llorar aunque no siempre se lo contara al resto, porque sabía que tenía derecho a filtrar la mierda, desagotar. La que se animaba a escuchar canciones tristes, arrasadoras, porque sabía que la música era una cura para todas las heridas simbólicas, reales, emocionales, relevantes o intrascendentes, conscientes o inconscientes.
Es cierto que no es una última oportunidad, pero, por otra parte, el hecho de que me esté dando un ultimátum significaría impulsarme a saber el por qué de todas estas cosas que se comenzaron a declarar en peligro de extinción.  Todas esas que conformaban mi esencia, que le gustaban a la gente, que me gustaban a mí, que me satisfacían. Porque ya no sé cómo curarme la tristeza, la desesperación, las ganas de gritar manteniendo la boca sellada, la falta de inspiración, la falta de ganas. No sé como levantar de la tumba a mis mejores motivaciones…y eso sería el máximo y el más notorio signo de que me estoy manteniendo apagada, mientras me oxido.
Me vi todo el año perdiendo la razón de ser en muchos aspectos de mi vida, y, al unísono, la gente que sentía que me representaba se tornó en algo distinto. Tal vez ese pánico de hacer algo más me detenga, quizás soy demasiado vaga y disfruto las zonas cómodas porque noto que mi adolescencia tiene fecha de vencimiento  y la parte más irresponsable pasó hace un tiempo.  Sin embargo, paradójicamente, mis zonas de confort no son de tanto confort ahora y mis más importantes refugios se están clausurando. Pero no es sólo eso, sino es el hecho de asumir que la concepción de los factores más importantes de la vida cambian con los años y eso genera una rotación en nuestros universos propios, lo cual, a mi parecer, se traduce en distancia. Todas esas preguntas recurrentes ya no son las mismas:  parece como si las prioridades adoptaran una jerarquía diferente, como si desarrollaras un lado más torpe que el que desarrollaste en tu pubertad. Un lado inocente, asustadizo, con ganas de atolondrarte el cerebro con interrogantes y bloquearte.
 En esta aparente etapa de transición circulan muchas preocupaciones y el yo es lo que más asusta: qué soy capaz de hacer, qué hice mal, qué me perdí, por qué lo hice o por qué no, a dónde voy, cuándo empiezo, cómo pasó. Sí…al principio es el yo, después querés hacerte preguntas más profundas, rozando las existenciales y jugás a la filosofía aunque seguís inmerso en la misma incertidumbre hace rato.
 Es triste notarlo, pero uno se cierra de manera muy extrema a circunstancias y hechos que antes eran totalmente bienvenidos. Es inexplicable el desgano, los latidos fuertes, pero más inexacto es el silencio, que te arrastra y no te deja ser. Por eso, siempre me pregunto si la ruptura definitiva del silencio es la respuesta.
No sé.

                                                                                                                                                                     

sábado, 12 de septiembre de 2015

 Nadie me vio por mucho tiempo. Muchos, supongo, habrán pensado que era mejor olvidar ciertas presencias, por causas que pueden diferirse las unas de las otras. Y es que todo es una serie larga, enorme, incontable e insólita de elecciones que nos permitimos tomar. Más allá de aquello que quedó en el "que habría pasado si..." (que condiciona nuestros estados temporales), todo es una síntesis de lo que nos permitimos ser, y, obviamente, del por qué de ese permitido.
 Hay una calma que asusta y que no siempre es tan reconocible como se cree convencionalmente. No todo depende de un hecho crucial o una palabra dicha en el contexto erróneo, sino que puede deberse, simplemente, al aburrimiento, la inercia, el absoluto desgaste. Esta calma misma de la que hablo, se refiere a ese desgaste. Inexplicable, raro, cuasi injustificable desgaste.
¿De qué puede hablar esa calma si no tiene un motivo concreto? De mil cosas, de mil situaciones que exclusivamente son albergadas por el inconsciente. Pero, al margen de que diga mucho o hable a medias, la misma tranquilidad pasa a segundo plano cuando todo se derrumba. Y todo pueden ser muchas cosas preciadas al mismo tiempo, muchos lazos afectivos cayendo al mejor estilo dominó. Todo sincronizado.
 Últimamente me pregunto de quién es la culpa de que todo caiga de manera tan craneada. Sin embargo, no podemos recurrir al recurso más básico conocido por el ser humano y querer encontrar una figura a la que podamos señalarla con el dedo. Por eso, me ví a mí misma muchas veces en muchos acontecimientos, repasé mi entusiasmo, mi eficacia, mi capacidad de expresión, mis peores defectos (aunque nunca termino de contemplarlos) y supe que no sólo yo, mis cambios y quien está del otro lado tienen que ver con el derrumbe, sino que el universo mismo.
 Puedo captar esta serie de ideas en mi cabeza y aceptarlas, aunque nunca podría comprender por qué este tipo de hechos pueden darse todos al mismo tiempo. La lejanía es muerte lenta, frío que va en picada, diálogos con uno mismo, quedarse con las ganas de tal o cual cosa. La lejanía puede ser, en muchos casos, veneno de un tipo muy único. Se puede presentar sin emitir sonidos o dar el presente, puede enmascararse en una realidad que, teóricamente, es común y buena. Puede hacer de todo, y luego, simplemente, manifestarse del modo más intenso.

domingo, 19 de julio de 2015

 No es confort. No es alivio ni infierno. No es paisaje ni aburrimiento. No es aberración, avaricia u odio. No es desolación. No es falta de moral. No es fórmula errónea. No es nada de lo que creemos que es, no es ninguno de esos adjetivos o nombres que le adjudicamos para creer que detectamos qué nos pasa. Es un millón de especulaciones, pero, a su vez, nada cierto. Pura incertidumbre.
 El sentido no es sentido en verdad. La opinión, la sensación, el miedo así como el amor que albergamos, siempre fue subjetivo, relativo, y, sobre todo, rotativo sobre el eje de nuestras cosas, de nosotros mismos, mejor dicho. Una prioridad reemplazable por otra, un sueño que perdió color, un conjunto de principios a los que nos aferramos para dar un paso adelante o uno hacia atrás, una canción que nos impulsó a llorar, a recordar, a amar, a escribir o a bailar, una metáfora en nuestra vida, carencia de congruencia entre hechos, palabras y actitudes, una debilidad inmediata, desproporción entre nuestro amor propio y el amor que le tenemos o tuvimos a otra gente, minorías que nos quisieron o mayorías que nos odiaron, noches despiertos, atentos a la nada, al pensar, a la frustración. Inválidos o más movilizados que nunca, rozando el atardecer, o en cualquier momento del día...lo significativo, lo lamentable, lo obvio, lo ocurrente, lo coherente, lo desconocido, todas esas cosas no son más que verdades variables para cada uno, que mutan, que desaparecen, que se disuelven, que nos determinan en diferentes situaciones y hacen de nuestros actos, luego, un estilo de consecuencia.
 Lo consecuente es libre de ser según nosotros y los elementos temporales que tenemos. Sólo eso.

martes, 21 de abril de 2015

 Procesos de la vida.

 Cuando la ausencia de un cuerpo me hacía sentir desnuda había datos que no podía olvidar…. como el color de pelo de dicho cuerpo que no estaba a mi alrededor, o las canciones que escuchaba y que me recomendaba, o un lugar crucial que lo representara en nombre de su ausencia, o memorias guardadas en millones de formatos diferentes. Si la falta se volvía punzante, si me pinchaba el centro de mi eje y escarbaba para revolver mis entrañas y mi salud mental, ya no había mucho que hacer, porque en esas ocasiones cedía, me desprendía del deseo de querer cambiarlo, de buscar el motivo por el cual la transición se estuviera tornando violentamente melancólica. Un instinto propio de mi persona me decía que había que dejar las lágrimas ser, humedecer, atacar, alterar mi apariencia hasta dejar mi rostro hecho un par de ojos destrozados.
 En la simpleza de la soledad, me gustaba encaminarme a la irreverencia si alguien más tenía ganas de opacar mi panorama general, si quería disolver mis teorías o acotar sin haber pedido permiso previamente. Y cuando hablo de mi panorama general en realidad no me refiero a la tristeza debido a la ausencia, hablo, más bien, de aquellos que querían estropearme más el día al juzgar aspectos de mí, al succionarme la energía, al cuestionar mis deficiencias -que eran, también, causa del desazón que transitaba-. En las noches de placer, de falta de lucidez, de risas disipadas y otras extensas y elevadas, existía ese minuto de reencuentro con la vida del presente, con lo que realmente me estaba sucediendo, con las penas que, aunque parecía que quedaban estáticas y desamparadas en mis zonas de soledad, continuaban pisándome los talones para hacerse notar. Ese momento de limbo, entre la satisfacción espontánea y el golpe que iba de lleno hacia mi pecho, se desvestía el sol, el sueño resultaba imperativo al igual que el silencio, y ahí sí, ahí la sensación de estar parada en pleno mar abierto sin salvavidas predominaba, me regresaba a las preguntas (las redundantes, las que suceden después del abandono). El mundo era retazos, pedacitos que caían de un cielo abierto lleno de mierda, que me pasaba por encima, que era superior a mí en todos los sentidos (o por lo menos eso aparentaba). Hubiera sido mejor haber gritado en esos momentos, porque la opresión era tremenda, pero todo se conservaba en lo convencional y así sigue siendo, porque ninguno sale por ahí y en el medio de sus situaciones cotidianas pela un grito desesperado. Nada parece esclarecerse, y  cuando vuelvo a casa, sigo pendiendo de ese hilo fabricado por puro temor.

Ese proceso de porquería que todos aborrecemos y catalogamos como ‘’un momento oscuro’’ termina deshilachándose, como cualquier hilo. Después del tormento y del pudor, de la debilidad absoluta, de cigarrillo tras cigarrillo (porque la ansiedad me pulveriza), la gravedad me devuelve a mi suelo de cemento, y con penas y risas, me quedo difuminando –como puedo- los restos de todo lo que me perturbó de algún modo u otro. 

lunes, 16 de marzo de 2015

 Vuelvo a Paternal, mi barrio de pertenencia desde que tengo memoria. Aunque estar allá significa, en gran parte, recuerdos llenos de alegría o de aprendizaje, hoy me toca estar ahí para acompañar a una amiga. Una de esas tantas que estaban cerca de Daiana y que compartían momentos con ella, una de esas amigas suya a las que le contaba de sus situaciones más anecdóticas. Una mina cualquiera, con la que alguna noche me crucé y fuimos a bailar juntas. Una chica más del barrio...hermana, amiga, prima, hija, nieta o novia.

 Para cuando ya estaba enterada de su desaparición, me desencajó el hecho de ver toda la entidad que se le estaba dando a su caso en los medios, no porque crea erróneo el hecho de difundir su desaparición, sino porque es como mal augurio: siempre que toman uno de los tantos casos que suceden por día o por semana y se viralizan completamente, el final termina siendo el peor, el más desgarrador. Pero por otro lado, ¿qué podía pensar? Al ser una chica conocida no podía dar lugar a la convicción de que no iba a aparecer con vida, porque para cuando se trata de una persona cercana, que te roza, que está ahí, que escuchás su nombre de vez en cuando, no ponés en el plano real la idea de que haya sufrido, de que termine como tantas otras pibas jóvenes, tirada al lado de una autopista, lejos de su casa, de su gente, casi enrrollada en una bolsa y sin signos vitales. Al ser inhumano, uno quiere creer que no pueden someter a Daiana - "la amiga de Vale"- a un final de mierda. Y sin embargo, la realidad golpea fuerte, más tajante y cruda que nunca: estoy en el colegio y a las pocas horas se confirma su muerte y, al rato, la posibilidad de violación.
  ¿Cómo mierda pasó? Es un lapso de tiempo tan corto...¿cómo nadie vió? ¿de qué manera se ocultó? Pero no importa cuántos interrogantes me hayan invadido a mí o a mis conocidos, porque el más importante quería justificar el hecho, aunque al final de cuentas, no hay por qué, no hay motivo, no hay racionalidad, sólo falta de humanidad, únicamente una mente sumamente retorcida que apuntó con el dedo a una chica al azar y justo le tocó a Daiana. Y ahí es que te parás a pensar y te quitás de encima varios prejuicios, o por lo menos, te recordás que gente saturada en mierda está ahí afuera, te ataca por cualquier lado, se viste de cualquier personaje, y, finalmente, te jode la vida. Te ultraja, te deshace, te viola, te falta el respeto, te agrede, te asesina y se toma la libertad de seguir con su vida, de parar con el auto, tirarla como yo tiro las bolsas de basura en la esquina de mi casa, y se va, se pierde. Ahí querés hacer más trasfondo, intentás entender la mente de un enfermo sin cura, aunque sabés que son intentos en vano, y te rescatás de que, para hombres así, sos objeto, desechable, fácil de usar, fácil de tirar.

 Siguen existiendo seres con poco sentido común que mantienen la postura de que una chica que se viste de tal o cual forma se busca su propio final, que provocó a cualquier hombre y le dió el pase libre a violentar  sus derechos y despojarla del mundo humano. Es carente de sentido, pero para muchos deficientes, sigue siendo una frase estática. Esa misma gente es la que naturaliza los "piropos" que te dicen en la calle, que siembra la costumbre de humillarte en cualquier vereda o transporte público, de hacerte pasar pánico porque no sabés qué loco te está diciendo barbaridades. Y después de tantas circunstancias similares, hasta vos, puteando al pajero que te habla desde el otro lado de la calle, te resignás. ¿Y así tiene que ser ahora también? ¿Muere una chica y hay que pensar que la resignación es un camino factible? No. No, no, no y no mil millones de veces más.
 Hoy me tocó verlo de cerca, por eso escribo. Ahora me siento shockeada, y no es sólo la sensación de angustia por la empatía que siento hacia la familia y sus allegados, sino que resulta ser un poco más profundo, más movilizador. Me lo estoy tomando personal y eso me hace creer que no podemos generalizar tan superficialmente las culpas en este caso. No fue la ropa, fue un hijo de puta, uno de los tantos que hay por ahí. Fue falta de educación, irregularidades en su vida, como las hubo y las hay en las vidas de tantos forros. ¿Falta de atención? ¿Carencia de seguridad? Probablemente. Tal vez Daiana tampoco tuvo todo bien delimitado, pero verlo desde ese lado es mediocre, porque no creo que debería estarse atento a todos los retorcidos que andan por la calle y a los que estás expuesto, sino a educar lo suficientemente bien como para saber que esa cifra de enfermos se va a reducir, y yo, ni nadie, va a tener que fijarse cómo se viste antes de salir.
 Hoy fui al barrio de nuevo y resulta que ahí me esperaba otro aprendizaje. No sé si fue aprender a manejarme en la calle, saber hasta qué punto andar sola por ahí, rechazar a desconocidos, informar a mi familia donde estoy siempre...o si es otra cosa. O quizás no es nada, porque todo eso ya lo sabía. Quizás no aprendí nada, quizás es sólo impotencia.

domingo, 1 de marzo de 2015

Si vagando estoy,
vagando entre lo indeciso y lo conciso,
de piso al entrepiso,
desde el final equívoco
desde el mejor de los inicios,
hasta el cielo más liso,
desembocando en las llanuras del techo o del precipicio.

Hablando sobre trivialidades,
vuelta, re-envuelta, perdiendo la cuenta,
ardiendo, no por el café, ni por el té de menta,
encerrada en una duda,
pero demasiado contenta,
erradicada en el tiempo de ayer
que me hizo estar atenta...

Perdiendo horas, restando mejoras,
mucha demora:
"¿qué quería? o ¿quién me adora?"
es que hablo del ahora,
o eso quería hacer,
porque el ahora es permanente
temporal fue el ayer.

O eso me hicieron creer...