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miércoles, 10 de diciembre de 2014

A las ruinas de épocas anteriores,
a los alaridos que no me dejan descansar,
a esos momentos que nunca bastan,
jamás son suficiente,
a mis uñas a medio pintar,
a las flores secas que se hallan en mi jardín,
insípidas, inmóviles, incoloras,
a las discusiones que han quedado sujetas
e inmersas en absoluta suspensión,
a las decepciones garantizadas,
quizás en mayor medida a algunos,
en menor a otras...
les podría dedicar mi voz
rellena de grietas, de pausas,
pero no lo haría,
ni les prestaría mi impotencia,
mi insomnio,
mi desequilibrio,
mi estúpida somnolencia,
porque son mis múltiples modos
de saber, de recordarme,
que el tacto de la vida me toca todos los días,
a toda hora, en cualquier espacio.
 Y es preciado ese saber,
es preciado ser consciente de nuestras agonías,
de limitarlas y dejarlas surgir cuando es necesario,
y que nadie se las quede,
porque así como una lágrima de emoción
se apega a nuestras memorias,
las más dulces,
todas las penas fortalecerán.

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Cansada de remar donde no hay agua.